D.J.A*

¿Por qué sonará así?, pensó. Se agachó para buscarla debajo de la estufa, un lugar complicado, y no vio nada. Pensó entonces en usar un cerillo para alumbrar, pero tener una fuente de gas cerca no le hacía gracia. Fue al cuarto y buscó su celular. A pesar de ser un trayecto tan corto ―no más de diez pasos―, pensó en las cosas perdidas: el perro de peluche que tanto quería de niño. El libro de aventuras. Una película. Las fotografías de tantos momentos. Siempre parecían ser las más útiles o las más queridas ¿o acaso era sólo un truco de su mente para engrandecer todo lo que ya no estaba?  

No es ni debería ser un problema. Las cosas abundaban: trabajo estable, buena casa, buenos amigos. Una buena familia. Su esposa daba la impresión a menudo de estar pensativa, y no demandaba atención todo el tiempo. Eso lo entendió desde el inicio, cuando se va tanteando el terreno y las señales van y vienen: esto sí, esto no, aquello tal vez. El entendimiento entre ellos era como un potente somnífero diluido en la bebida, con efectos que poco a poco van dando cuentas. Aquella única ocasión en la que hubo un amago de desacuerdo, se le había quedado pegado quién sabe por qué razón.

―El otro día, sin querer, estaba usando tu tableta y entré a tu correo. Vi el mensaje de una mujer, no parecía de una amiga.  

Su voz sonaba tirante, dura.

―Es mi amiga. Podemos llamarle ahora mismo y aclarar todo.

―No, está bien, te creo ―la tirantez sonaba ahora a mofa―. Pero vaya forma de escribirse.  


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Los sobresaltos, afortunadamente, no abundaron. Tampoco las palabras. Habían existido mujeres parlanchinas, ninguna se quedó: no lograban comprender cómo la abundancia de palabras machacaba sin piedad el alma, en cambio el sonido rítmico de los zapatos de su esposa parecía ser la única música en ése lugar. La única fuera de la que él escuchaba. Ella parecía andar por la casa como un murmullo que dobla las esquinas, que proviene de otro lado pero no se sabe a ciencia cierta de dónde: un momento estaba aquí, en otro allá. Amaba su voz, eso ella lo sabía, pero siempre la dio como un regalo a cuentagotas, como aquellos padres severos que no dejan que sus hijos sean niños y coman todo el dulce que quieran por una vez.

Estiró la mano lo más que pudo pero aún quedaba a milímetros de sus dedos. Eso le molestó aún más. Voy a ir por una puta escoba y ya verás. No fue. No había escobas. Sólo había el sonido de su respiración, bufando, esforzándose por alcanzarla.


*D.J.A. Aplasta teclas ocasionalmente. Asistente al taller de creación literaria del Faro Indios Verdes desde más tiempo del necesario. Sumo sacerdote del dolce far niente.